La dimisión de Benedicto XVI abre algunas perspectivas históricamente interesantes para el catolicismo y confirma algunos hechos. Su abdicación (sienta el precedente de que los papas pueden tener fecha de caducidad. Como quien dice que no son papas (para siempre), sino que ejercen como tales (durante un periodo). Esta circunstancia relativiza la monarquía absoluta vaticana.
Conlleva dos consecuencias. Acaba con el inconveniente de los pontificados largos [...] Por otra parte, si ser Papa es un cargo temporal, probablemente la jerarquía católica y el nuevo Papa se vean obligados a introducir cotas de lo que laicamente se llamaría democracia: una mayor descentralización de la estructura, mayor autonomía de las iglesias locales, con el consiguiente mayor protagonismo de los obispos y quizás una mayor libertad de conciencia de los católicos.
La abdicación de Benedicto XVI confirma también algunos hechos. En lenguaje laico, podría decirse que el Papa ha dimitido porque su línea o política habría fracasado. Más allá de piadosas hipocresías o ingenuidades del momento, no le han seguido su propio gobierno ni sus mismos fieles, principalmente los de los países ricos, mientras la Iglesia de Roma perdía parte de su autoridad moral en el tablero internacional. Curiosamente, Joseph Ratzinger ha presentado su renuncia al comienzo de la cuaresma, tiempo de penitencia y purificación para el catolicismo, propiciando de hecho que el nuevo Papa sea elegido para la pascua de resurrección. Una noble esperanza.
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