Thursday, February 28, 2013

Benedicto XVI celebró esta mañana su última audiencia general.

Las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra, y Dios parecía dormido... Antes, mucho antes de ser Papa, Joseph Ratzinger era un teólogo reconocido, hablaba con fluidez seis idiomas y conocía otros cuatro, leía griego antiguo y hebreo, tocaba al piano piezas de Mozart y escribía libros rasgando el papel con su letra diminuta. Hoy, sin embargo, al dirigirse a los fieles que vinieron a despedirlo a la plaza de San Pedro, Benedicto XVI dejó a un lado todo eso y utilizó las palabras sencillas del párroco de pueblo que se jubila.

Habló del cansancio y de la duda, de la fe y de la oración, y su voz a veces temblorosa del anciano que a los 86 años acepta con una sonrisa que la vida ya no da más de sí, se sobrepuso a todo lo demás. A los escándalos de los últimos meses, al lujo y al boato que rodea cualquier celebración en el Vaticano. Con palabras sencillas, el párroco Ratzinger se despedía de Roma: “Sentía que mis fuerzas disminuían y le pedí a Dios que me ayudara”.

Tal vez nunca como ahora, liberado de la pesada carga de dirigir una Iglesia golpeada por los escándalos y las herencias envenenadas, tomada la gran decisión, Joseph Ratzinger se mostró más cercano que nunca. Desde que, el pasado día 11, anunciara por sorpresa que renunciaba al papado, sus últimas intervenciones dieron pie a ser leídas entre líneas. Benedicto XVI quiso dejar su legado de manera oral, en directo, para que no fuese susceptible de ser manipulado. Habló del “sufrimiento y la corrupción” que golpean a la Iglesia y envío lejos del Vaticano a quienes, desde puestos relevantes de la Curia, fueron piedra de escándalo y no ejemplo de conducta. “El diablo”, advirtió en un encuentro con cardenales, “trabaja sin descanso para ensuciar la obra de Dios…”.

Hoy, sin embargo, a cielo abierto, con la plaza de San Pedro llena de fieles y francotiradores apostados en las azoteas, Joseph Ratzinger dedicó la tradicional audiencia general de los miércoles —la última de su pontificado, la número 348— al adiós sencillo e, incluso, a la confidencia: “En los últimos meses, he sentido que mis fuerzas habían disminuido y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminara para hacerme tomar la decisión más justa, no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso con la plena conciencia de su gravedad, y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo”. Dijo Benedicto XVI que ya en 2005, cuando fue elegido Papa, ya sintió sobre sus hombros “un gran peso”, pero añadió que que nunca se sintió abandonado por Dios: “Me ha guiado, ha estado cerca, cada día he sentido su presencia”.

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